miércoles, 11 de abril de 2012

Cambios

Porque los tiempos cambian y yo con ellos, he abierto un nuevo blog donde publico cosas menos enrevesadas. Mejor o peor no lo sé, pero os invito a visitarlo pues aunque no dejaré de actualizar este y probablemente vuelva, es otro el que ocupa mis horas en estos momentos. Muchas gracias por las lecturas hurtadillas :)  

jueves, 3 de noviembre de 2011

Te recuerdo

Echar de menos; pena de verse ausente de.
Te recuerdo.



La ausencia huele a madera quemada. Es el humo del que se va lo que nos duele, el recuerdo de un calor que ya no vuelve; el perfume de las brasas de ébano.
Ausencia, poco más, es lo que nos queda... Nostos. Nostalgia. Lo que pudo ser y no fue.

Y en el duro devenir lo que fue y no fue, vuelve. El humo del retorno cargado de recuerdos, el perfume de los perdones que no se dijeron. 

El olvido metamorfoseándose en quizás.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Ella

Aquella noche de invierno se diluían las aceras, las almas y el cielo; todo hacia abajo como si la ciudad fuera un gran desagüe desbordado de herrumbre. Como si Ella, la gran ciudad, hubiese dicho basta, salid de aquí, marchaos lejos con vuestras maldades y vuestros besos olvidados. No sé si era la decadencia que yo misma me inventaba o las lágrimas que lamían mis mejillas pero para mí, la ciudad se diluía para no volver a ser. A serse. A serme. 


Las decepciones quizá, o una masa de caos informe que me empeñaba en amasar con los dedos hasta que se asimilase a un conejito blanco, como el de Alicia. Y que me llevara lejos, donde todo es raro, donde las flores te citan a Faulkner y a Wordsworth mientras un gusano te escupe nubes de menta y pregunta, qué fue primero la idea o la cosa en sí. Pero Platón es demasiado para mí en un día gris...y tener que determinar que la mímesis es la imitación de las ideas y los pensamientos me duele, como si un enjambre pérfido quisiera hacer de mí lo que yo haría de Rubén Darío si aún viviera. 


Me abrazaba el silencio cuando una ráfaga de viento frío me devolvió a las aceras, a las almas y al cielo. Y no, no se diluían, todo seguía en su lugar, escrupulosamente colocado, tal y como lo dejé antes de romper a llorar. 


Vaya por Dios.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Martí


Como millones de hormigas carnívoras, Martí sentía un cosquilleo insufrible en las puntas de los dedos, ávido de carne y sediento de letras, le devoraba aquí y allá sin coherencia, con desorden nervioso.

Se despertó molesto, casi enfadado, con una bocanada de fuego bullendo dentro de sí, pujando por salir para quemar las horas. Un bostezo furtivo mordió sus labios y con un quejido mudo, se dirigió a su escritorio frotándose los ojos. A menudo deseaba no haber sido artista, no haber dejado fluir su imaginación desbordada en juegos de niño, llenando los recovecos vacíos con un mundo de sueños azules. Si aquello no hubiera pasado, se habría dedicado quizá a la medicina, en una universidad cualquiera, abriendo cuerpos y no rasgando almas, curando realidad, no escudriñando recuerdos inventados. Eso no habría importado, pues los cuerpos serían cuerpos sin más, cúmulo de carne muerta, enfermedades con olor a formol. Pero no, Martí no veía cuerpos sin más, Martí bebía melodías de los corazones colmados de olvido, arañaba frases inconclusas al viento tímido que se colaba por la rendija de la ventana, frío como un amor escondido.

jueves, 12 de agosto de 2010

Jake


El humo de un cigarrillo mal apagado dibujaba siluetas en una habitación de penumbras, de una forma suave y tímida se colaba la luz de la gran ciudad por los huecos de la persiana alumbrando aquellos ojos humildes, llenos de fantasmas. Miró al techo con desgana y dio un resoplido que retumbó por las esquinas, a menudo había pensado que el aburrimiento terminaría matándole algún día, literalmente y de una forma cruel.

Las horas pasaban muertas en la vida de Jake, no sabía de qué palo ahorcarse y había empezado a aborrecerlo todo, incluso a sí mismo. Ese reflejo decadente y paliducho en el espejo del baño cada mañana, susurrando los efluvios de una noche pasada por demasiado alcohol y poca comida; si no lo mataba el aburrimiento lo haría una cirrosis del carajo, pero qué más daba si ni siquiera podía mantener una charla sincera con un ser humano, o al menos, un proyecto de hombre.

Unas patas de gallo muy marcadas coronaban la profunda y vacua mirada de Jake, la comisura de sus labios, ligeramente inclinada hacia arriba, hacían de su rostro una mueca permanente. Lo odiaba, esa sonrisa bobalicona siempre quitaba peso a todo aquello que decía para imponerse, incluso a sí mismo. La tristeza nunca sabía igual cuando tus labios perfilaban una fingida alegría.

Sin embargo, nada aplacaba la melancolía de Jake...se sumergía cada día en ese mundo insano que había creado la raza humana intentando, con todo su tesón, encontrar algo que de verdad mereciera la pena. En 34 años había viajado a lugares increíbles, en ellos se había encontrado sin un céntimo y dio con su huesudo culo en un tugurio de la mafia china donde se había drogado hasta el exceso, emborrachado y follado hasta hartarse. Había comido en Italia y cenado en Texas, dormido junto al sobaco hediondo de un indigente griego como si de su hermano se tratara y conseguido a la mujer más bonita de toda Venezuela.

Pero ahí estaba, marcando el tempo de una canción sorda con sus zapatos de piel de cocodrilo, mientras se mecía en una silla coja y daba vueltas a un revólver con el dedo índice de la mano derecha, esperando por si la vida se dignaba a sorprenderle o por si era él quien debía sorprender a la vida.

domingo, 1 de agosto de 2010

Roth


Hacía muchos años que, por una desilusión con el amor, Roth había dejado de pretenderlo. Lo había arrinconado en un viejo cajón, enredado entre hilos y polvo de hada. No atinaba a decidir si fue a causa del odio que comenzó a brotar en su interior o por el pánico descontrolado que azotaba todo su cuerpo cuando recordaba aquellos días. En realidad todo eso no importaba, el caso era que, en su afán por olvidar, una calurosa madrugada de hacía diez años había ahogado entre silencios su capacidad de amar. Todo su mundo se tambaleaba por aquel entonces, desvalido como estaba no podía desear nada más. Y ocurrió, se marchitó por dentro.
Ahora, apenas rozaba la treintena pero las canas ya asomaban curiosas por sus sienes. “Los disgustos” se decía, o eso quería creer. Sin embargo, bien sabía que ya no era el mismo, a menudo le decían que su empatía y su bondad habían quedado reducidas a cenizas y su sustituta, una perturbadora frialdad, había regido desde entonces el orden y mandato de su vida. Pero todas esas opiniones vertidas en él le importaban más bien poco pues si disfrutaba de algo en el presente que vivía, era del sabor rancio que le proporcionaba su misantropía. De esta manera, Roth no podía sentirse más seguro, había renovado fuerzas y el único amor que profesaba era hacia sí mismo, irradiando el peligro de un narcisismo incontrolable. Pero todo cambió una mañana, aun pensando que su bienestar duraría por siempre, comenzó a alterarse con las ráfagas de un viento inevitable. Una figura comenzó a trazarse a lo lejos del pasillo, majestuosa, delicada y con sus rizos de obsidiana cayendo sobre los hombros. A hurtadillas robó con su mirada el nombre que tenía impreso en la tarjeta de identificación de la empresa.
Aquella noche, como en las venideras, siempre soñaría con ella. Siempre soñaría con Rosalie.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Tras los pasos del silencio


La primavera llegaba a paso lento, el paisaje comenzaba a despertar poblando el camino de flores taciturnas y de algún que otro insecto aturdido, que volaba de un lado a otro hasta caer fulminado de puro agotamiento. Ese zumbido constante se colaba por la rendija de la ventana, ahogando el silencio de una estancia que nunca pareció tan muerta como aquel día.

Una vieja cortina de cuadros azules aleteaba levemente por las pequeñas ráfagas de aire fresco que aliviaban el olor a cerrado. En la encimera de la cocina se adivinaban unas olvidadas huellas de la harina de un pastel que no se llegó a terminar; si cerrabas los ojos y contenías el aliento, aun podías apreciar el aroma de las manzanas, despedazándose bajo el peso del cuchillo y dejando su sangre invisible en ambos lados de la hoja, mientras el calor del horno se extendía por cada rincón. En la pila, casi al borde del óxido, un montón de cubiertos sucios revestidos de moho y dejadez.

El salón asomaba tímido a la derecha del marco de la puerta, cuya pintura blanca había empezado a descascarillarse. Todo era caos. Una mesa de madera oscura albergaba demasiados libros en su superficie, sus páginas amarillas pedían a gritos ser leídas pero la soledad que reinaba, ciega como era, convertía sus palabras en un doloroso vacío. La butaca gruñía a lo lejos, empujada, quién sabe, si por el viento primaveral o algo más. Un eterno clonk interrumpía su recorrido, la razón debía ser aquel horrible par de zapatos, calzados aún en unos pies demasiado grandes para ellos. Su dueño, un cuerpo inerte extendido en el suelo, se fundía destrozado con un charco seco de sangre y recuerdos, demasiado demacrado como para apreciar la melancolía de sus ojos.

sábado, 6 de marzo de 2010

Rosalie


Los rizos de Rosalie eran negros como una obsidiana, serpientes enroscadas que te convertían en piedra cuando ella osaba mirar. Siempre enfundada en un traje confeccionado con el misterio, dejaba huellas llenas de silencio al pasar. La gente rehuía de su compañía incómoda, del aroma letal que desprendía su perfume francés imposible de identificar.
En realidad, era una mujer majestuosa, delicada. Poseía una fina voz, arrullo de las almas más inquietas, y sin embargo, había algo en ella que invitaba a un temor inconsciente. No sabría definir qué sacudía de aquella manera mi interior con su presencia, pero sí sé que era un atisbo de malevolencia lo que brillaba en sus ojos felinos.

Rosalie pensaba a menudo en su más tierna infancia, no le traía buenos recuerdos pero dibujaba una media sonrisa en la comisura de sus labios cansados. Casi podía escuchar con total claridad los gritos de aquel niño insolente con el que compartía sus juguetes. Se visualizaba de nuevo, con un matojo de cabellos rubio ceniza en sus pequeñas manos, riéndose mientras un llanto asustado se alejaba a toda prisa. Aún recordaba ese sabor metálico en su paladar, fruto del fiero mordisco que le propinó a su compañero de juegos, el olor rancio del miedo y un remolino de excitación en el estómago. Desde entonces no volvieron a verse, pero con los años supo que le había dejado una buena cicatriz.
A partir de ese momento, su plato favorito sería la carne, siempre carne. Entrecot, secreto, entraña... no importaba qué, importaba cómo; en su punto. Había días en los que, arropada por la intimidad del hogar, desgarraba a mordiscos un filete crudo, tiñendo su sonrisa de un carmesí perturbador. Era su pequeño secreto, a Rosalie, por encima de cualquier cosa, le gustaba la carne fresca.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Ensayo para una despedida



Hoy es de esos días en los que, tras un cúmulo inesperado de circunstancias, he tenido que parar y preguntarle desesperada a la nada “Por qué”, escudriñando su mirada vacía y ausente.
Esto tiene explicación, no creas que es críptico a voluntad, ya sabes que el existencialismo jamás fue lo mío y que soy reacia a la filosofía de andar por casa... pero desde que hablamos aquel nublado domingo, entre interferencias y suspiros, comprendí que estaba enredada en tus recuerdos. Es probable que a estas alturas ni siquiera sepas por qué me tomo la molestia de dedicarte unas tristes líneas, trazadas con lágrimas de tinta y un pulso torpe y atropellado, ni yo misma lo sé.
¿Sabes? Han sido muchas las mañanas que me han oprimido el pecho, ahogada por un amanecer que parecía no llegar nunca. Te imaginaba valiente, calzándote esas sucias botas que minan el camino de oquedad cruel y vacías súplicas. Te pedí mil veces que no te marcharas, pero el viento quiso llevarse mis palabras y apenas dejó una sombra marchita de ellas.
Siempre temí tu olvido, la sola idea acosaba impertinente mi cordura; con el tiempo supe manejarme y aprendí a dejar de contar los minutos de tu ausencia. En realidad dudo que te imaginaras todo esto, quizá podría haber sido de otra manera. Pero es tarde... yo lo sé y tú también lo sabes.
A menudo contemplo esa naturaleza muerta de la que tanto me hablabas, es cierto que envuelve las cosas de una forma especial pero yo no lo entendía, a mis ojos no era más que otra metáfora de las tuyas, intentando hacer del momento algo que no pudiese borrar de la memoria. He de admitir que ese ordo artificialis que regía tu vida siempre me causó un revoloteo incesante en el estómago.

Pero, otra vez, ya es tarde...lo sé y tú, tú también lo sabes.

viernes, 8 de enero de 2010

El despertar de la expresión




He de decir que no suelo hacer público este tipo de cosas, pero dado que considero que tiene un contenido literario y hace referencia a una forma de arte, me he atrevido a colgarlo en estos lares.

Espero que os guste.



domingo, 27 de diciembre de 2009

Retazos IX


La soledad arropaba su cuerpo vestido de arañazos
en una madrugada llena de recuerdos.
Tenía hojas enredadas entre sus rizos sucios
y una cruel sensación de desamparo soplaba dulce en su cuello.

Quizá si fuera de otra manera la cosa iría mejor,
quizá si la vida le hubiese tratado mejor sería de otra manera.
Quizá.

No podía evitar mecer el arrepentimiento entre sus crudos pensamientos,
acabar anclando la inercia de sus tobillos no era la forma en la que había planeado vivir.
Esclava de sus actos, esclava de la vida.

Cada suspiro que profanaban sus labios olía a infidelidad,
a sus mediocres principios, a ella misma, a otros, con otros...
Pero no le importaba o eso quería creer.

Su cigarro desprendía una nebulosa gris en forma de espiral,
tan hipnotizante como molesta.
Se diluía tímida en la habitación,
como su vida entre las cuatro paredes de su mundo.






martes, 3 de noviembre de 2009

Meciendo Esperanzas




El sol era intenso aquella tarde de verano, tanto que profería un picor insoportable. Ana se balanceaba ausente en su mecedora a la sombra de un porche, observando el horizonte. Entre los chirridos de la madera vieja se adivinaban los tropezones ebrios de su hijo, como cada día el hedor del alcohol bailaba por las esquinas.

Ana estaba triste. Sentía que la soledad la invadía y no lo podía evitar. Los rayos de sol se dormían entre su cabello azabache y crespo, pese a la luz, ya no brillaba como antes. La piel de los párpados caía como una cortina sobre sus ojos almendrados, la vejez la estaba devorando. Alzó la vista al techo y suspiró, ya nada le calmaba el tedio, nada consolaba ese desasosiego hambriento que le carcomía el alma. Un balbuceo arrastrado se oía a lo lejos, la voz cascada de su hijo clamaba por algo que no llegaba a entender, era el teléfono. A paso rápido se dirigió al salón, al menos el tiempo no había mermado esa cualidad inusitada para sus años.

Al otro lado del aparato una mujer la saludó cariñosamente. Su hija, a la que tanto añoraba y por la que tanto rezaba cada noche. Lo cierto era que esperaba ansiosa poder pasar unos cuantos meses fuera de su país rodeada de sus nietos, pues serían ellos quienes le arrancarían aquel duro pesar de sus entrañas. Pero aun no tenía respuesta. Al colgar, un doloroso vacío invadió su estómago, las lágrimas brotaban tímidas acariciando su tez morena.

Ana se sentó de nuevo en su mecedora, con la amarga sensación de que su fe se marchitaba y la muerte soplaba en su nuca.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Lawrence


Lawrence olía como un puñado de tierra mojada. Acongojaba mis sentidos con su respiración acelerada y me hacía soñar mucho más allá de lo imposible. Acostumbraba a susurrarme versos olvidados al oído que hacían bailar a mi alma podrida de amor. Cada noche visitaba mi alcoba sediento de pasión. Durante horas me entregaba a él mientras florecía en mí esa faceta pervertida que todo el mundo guarda avergonzado en sus bolsillos. Nos sumíamos en una melodía de suspiros y algo más, me hacía sentir viva.

La tormenta rugía aquella madrugada. Lawrence vino encendido en cólera, casi podía palparse: rubicunda, agresiva... tan descontrolada que ni mis besos la calmaban. Clavó enfurecido sus uñas en mis caderas, en el interior de mi vientre una estaca candente de sueños rotos y de pronto me sobrevino una intensa sensación, la sensación de quien queda condenado. Su ira se durmió entre mis piernas mientras en mi cabeza aun resonaban los ecos de mis ruegos desesperados. La llama nerviosa de una vela desvió mi atención hacia la ventana, observé a través de ella la necrópolis familiar, abrazada por las verjas oxidadas. Un relámpago rasgó el cielo, y con él mi cordura.

Aquella madrugada, más que nunca, Lawrence olía a tierra mojada.

jueves, 15 de octubre de 2009

Perplejidad




El atardecer se dibujaba anaranjado sobre un lienzo de nubes. El calor remitía cobarde mientras una explosión de mariposas revoloteaba inquieta sobre las camelias del jardín, y se enredaban con el turbado pensamiento de Emilie, que se elevaba sobre el baile ahogado de las cucharas y las tazas de té.

Aun le retumbaban en los oídos aquellas ásperas palabras, ¿Que su marido le era infiel? ¿Y con su propia hermana? Debía tratarse de una broma. Un cacareo clamoroso y constante le sacó a empujones de su ensimismamiento, aquel grupo de mujeres reía histérico sobre los chismes más jugosos, y a ella le dolía pensar que una dama de su posición había quedado al nivel de aquella insulsa palabrería. Con la elegante excusa de una terrible jaqueca consiguió dar por terminada la reunión pues había comenzado a ser tan eterna como dañina.

Ante unas cuantas horas de expectante soledad se entregó a la lectura. Sus labios estaban apunto de besar su taza de té cuando el ruido sordo de las llaves rompió el silencio de la sala, alzó la vista y se encontró con los reos culpables de su vergüenza, que entre sonrisas delataban su falta. La fuerza se escapó de sus dedos, dejando caer la taza al suelo ante la mirada ineludible del devenir, en apenas dos segundos sus intenciones se habían posado sobre el segundo cajón del aparador, que incubaba la tarjeta del mejor abogado del país y un arma llena de odio.


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Cabe decir al respecto, que este relato a parte de no ser de mis favoritos, forma parte de un ejercicio que me mandaron en el taller de literatura en el que estoy apuntada.
Me sentí un poco a lo Jane Austen de lo macabro escribiendo este cuento,
pero últimamente tengo tan poco tiempo
ue no puedo dedicarme a escribir nada específico para el blog,
os pido disculpas por ello.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Fragmentos II



El frío se colaba airoso por la rendija mal cerrada de la ventana,
aquel repentino aliento de invierno se había cernido sin previo aviso sobre la ciudad,
dejando a más de uno con un extraño sabor a inquietud.
Las gotas de la lluvia inminente golpeaban con furia en el aparato de aire acondicionado del vecino,
creando una melodía casi perfecta de pensamientos y susurros.

Una figura distorsionada entre las sombras pegó la nariz al cristal,
el vaho empañaba divertido aquel lienzo transparente,
creando un halo ridículo de vida, una témpera de oxígeno muerto
perfecta para dibujar con el dedo,
que al tacto, se estremecía por la sensación de gelidez
mientras un escalofrío azotaba aquel cuerpo agotado.

Un atisbo de recuerdos atravesó su materia gris,
entumecida por los años de aislamiento voluntario.
Apenas quedaba un reducto de sus facultades sociales,
el habla había quedado relegada al olvido, el trato humano era pura ceniza.
Sin embargo había algo en todo aquello que se le hacía agradable,
obviamente no era su agorafobia, era un tacto fingido a algodón y a terciopelo,
la certeza de que ya nada le afectaba,
de que todo quedaba entre esas cuatro paredes y su persona:
la humanidad ya no podía herirle el alma.

Lleno de orgullo alzó la vista y borró el vaho con la manga del jersey,
la victoria tenía un leve olor a almizcle y caramelo.



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He vuelto, al fin.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Retazos X


La madrugada se tornaba inquieta,
aquel baile desquiciado con las sábanas evocaba una lucha imposible contra el tiempo que pasaba,
contra el minutero airoso que se ceñía al metal de una aguja pasmada por la falta de sustento
y que un alma en pena, en sus anhelos, quería retener.

¡Qué lastimoso cantar...!

Mientras aquella figura destartalada y triste parpadeaba bostezos,
el amanecer asomaba despiadado en el mentiroso horizonte,
susurraba promesas al viento sedentario,
promesas que no iba a cumplir.

viernes, 31 de julio de 2009

Retazos IX


La lluvia caía estrepitosa sobre su rostro palpitante,
las heridas estaban abiertas y sangraban apabullantes...
El color carmesí gritaba escandaloso el amanecer de la desgracia,
estaba siempre tan presente que hasta se aprendía a ignorarla.

No lo vio venir, no porque tenía una confianza ciega en la humanidad,
era de esas personas que creían en un álito de bondad inexplicable.
No importaba cuantos delitos cometiese el hombre,
no importaba cuán crueles fuesen sus actos...
en lo más profundo de su alma,
siempre quedaría un pedacito de benevolencia.

Comprendió demasiado tarde que eso eran tan solo falacias,
mentiras piadosas que una misma se contaba para poder dormir por las noches.
Un sentimiento triste y doloroso le sobrevino...
No podía ser...
No, no, no...

Tenía las rodillas clavadas en el duro asfalto,
escamadas del roce desventurado que le provocaba el arrastre...
Los charcos de agua que había bajo ellas se teñían de un leve albor rubicundo,
del suspiro desesperado de quien no puede volverse a levantar.

Alzó triste la mirada, las gotas de lluvia caían despiadadas...
limpiaban violentas la suciedad que le cubría y se juntaban con las lágrimas que,
de vez en cuando, enjugaba resignada.

No, no, no...
No podía ser...


Un golpe seco rompió la tranquilidad de la madrugada,
su cuerpo inerte y delicado cayó con fuerza al suelo
golpeando su cabecita idefensa contra lo inevitable.
Sus cabellos, enredados, hondearon por última vez con el viento.
La muerte lamía obscena sus talones,
un temblor azotada sus dedos de porcelana...

No, no, no...
-Susurraba-


No podía ser.




martes, 28 de julio de 2009

El espectáculo va a comenzar



Estimadas presencias,
tras varios días de silencio aprovecho para comunicar a vuestras almas inquietas
que toda ausencia tiene un por qué,
la apertura de un nuevo blog.
Me atrevería a decir que es mi cara más gamberra,
de ahí la ambientación que encontraréis en él.

Es pertinente avisar que no tendrá nada que ver con este espacio de experimentos literarios,
pues la seriedad, en cierta manera,
brillará por su ausencia
y daré rienda libre a la locura que caracteriza a mi perturbada mente.


Os invito pues a disfrutar del espectáculo...



¡¡Pasen y Vean!!


martes, 14 de julio de 2009

Fragmentos I


Era domingo, olía a invierno en las aceras y el gélido viento acariciaba vehemente las mejillas de los pocos transeúntes que habían reunido el valor para salir. Si te esforzabas, casi podías oír al frío colarse tímidamente por las aperturas carcomidas de la ventana... y si cerrabas los ojos...si los cerrabas con fuerza podías tocar el desánimo, el desaliento humano, la vida marchita de unos cuantos.

Una figura de aspecto desmarañado teñía con su mirada las calles de melancolía, emitió un profundo suspiro y pegó su rostro al cristal pintándolo con el denso vaho que salía de su nariz. Sin duda era uno de aquellos días que incitaban al pensamiento fúnebre, catastrófico... al pensar frenético que repasaba los errores imperdonables, las alegrías pasadas y ante todo, las desgracias.
A menudo le decían que se le había apagado la luz de la mirada, y aunque nunca llegó a comprender del todo qué querían decirle con eso se sentía ligeramente ligado a esa descripción. Sus dedos paseaban nerviosos por el lienzo vidrioso, dibujando trazos distraídos escribió la palabra anhelo. Claro, aquello era lo que le encogía el corazón cada mañana al despertar desde hacía mucho tiempo. Molesto por la traición del subconsciente se alejó de la ventana y dirigió sus pasos apresurados a la cocina, donde una tetera chillaba escandalizada. Una buena taza de té tendría que sacudir el frío de sus huesos.






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La imagen la saqué de aquí aunque no sé muy bien de quién es.

miércoles, 8 de julio de 2009

Pensamientos I




Es desdén eso que resbalaba por tus caderas,
rabia incontenida lo que sella tus labios podridos.
Es quizá, indiferencia eso que predica tu mirada de alma pétrea...
O puede que sea maldad lo que destilan tus palabras.

No sé...
Qué puede ser aquello que perfila tus suspiros,
cargados de un desaire dañino que araña mi sueños de citrino.
No sé si podré seguir respirando
ese fuego maldito que abrasa mis anhelos.
Un harén de destellos malvados es lo que mandan los recuerdos del pasado,
una orgía de gemidos fatuos lo que mata ese no sé qué que creí tener entre los dedos.

No sé...
Si habrá un mañana o un después.
No sé ni quiero saber.
Qué es eso que palpita entre los gritos del ayer...
Suena a cráneos rotos
a la espesura tímida de algo que no se debió romper.