martes 3 de noviembre de 2009

Meciendo Esperanzas


El sol era intenso aquella tarde de verano, tanto que profería un picor insoportable. Ana se mecía errática en su mecedora a la sombra de un porche, observando el horizonte. Entre los chirridos de la madera vieja se adivinaban los tropezones ebrios de su hijo, como cada día el hedor del alcohol bailaba por las esquinas.

Ana estaba triste. Sentía que la soledad la invadía y no lo podía evitar. Los rayos de sol se dormían entre su cabello azabache y crespo, pese a la luz, ya no brillaba como antes. La piel de los párpados caía como una cortina sobre sus ojos almendrados, la vejez la estaba devorando. Alzó la vista al techo y suspiró, ya nada le calmaba el tedio, nada le consolaba ese desasosiego hambriento que le carcomía el alma. Un balbuceo arrastrado se oía a lo lejos, la voz cascada de su hijo clamaba por algo que no llegaba a entender, era el teléfono. A paso rápido se dirigió al salón, al menos el tiempo no habían mermado esa cualidad inusitada para sus años.

Al otro lado del aparato una mujer le saludaba cariñosamente. Su hija, a la que tanto añoraba y por la que tanto rezaba cada noche. Lo cierto era que esperaba ansiosa poder pasar unos cuantos meses fuera de su país rodeada de sus nietos, pues serían ellos quienes le arrancasen aquel duro pesar de sus entrañas. Pero aun no tenía respuesta. Al colgar, un doloroso vacío invadió su estómago, las lágrimas brotaban tímidas y acariciaban su tez morena.

Ana se sentó de nuevo en su mecedora, con la amarga sensación de que su fe se marchitaba y la muerte le soplaba en la nuca.

miércoles 21 de octubre de 2009

Lawrence


Lawrence olía como un puñado de tierra mojada. Acongojaba mis sentidos con su respiración acelerada y me hacía soñar mucho más allá de lo imposible. Acostumbraba a susurrarme versos olvidados al oído que hacían bailar a mi alma podrida de amor. Cada noche visitaba mi alcoba sediento de pasión. Durante horas me entregaba a él mientras florecía en mí esa faceta pervertida que todo el mundo guarda avergonzado en sus bolsillos. Nos sumíamos en una melodía de suspiros y algo más, me hacía sentir viva.

La tormenta rugía aquella madrugada. Lawrence vino encendido en cólera, casi podía palparse: rubicunda, agresiva... tan descontrolada que ni mis besos la calmaban. Clavó enfurecido sus uñas en mis caderas, en el interior de mi vientre una estaca candente de sueños rotos y de pronto me sobrevino una intensa sensación, la sensación de quien queda condenado. Su ira se durmió entre mis piernas mientras en mi cabeza aun resonaban los ecos de mis ruegos desesperados. La llama nerviosa de una vela desvió mi atención hacia la ventana, observé a través de ella la necrópolis familiar, abrazada por las verjas oxidadas. Un relámpago rasgó el cielo, y con él mi cordura.

Aquella madrugada, más que nunca, Lawrence olía a tierra mojada.

jueves 15 de octubre de 2009

Perplejidad



El atardecer se dibujaba anaranjado sobre un lienzo de nubes. El calor remitía cobarde mientras una explosión de mariposas revoloteaba inquieta sobre las camelias del jardín, y se enredaban con el turbado pensamiento de Emilie, que se elevaba sobre el baile ahogado de las cucharas y las tazas de té.

Aun le retumbaban en los oídos aquellas ásperas palabras, ¿Que su marido le era infiel? ¿Y con su propia hermana? Debía tratarse de una broma. Un cacareo clamoroso y constante le sacó a empujones de su ensimismamiento, aquel grupo de mujeres reía histérico sobre los chismes más jugosos, y a ella le dolía pensar que una dama de su posición había quedado al nivel de aquella insulsa palabrería. Con la elegante excusa de una terrible jaqueca consiguió dar por terminada la reunión pues había comenzado a ser tan eterna como dañina.

Ante unas cuantas horas de expectante soledad se entregó a la lectura. Sus labios estaban apunto de besar su taza de té cuando el ruido sordo de las llaves rompió el silencio de la sala, alzó la vista y se encontró con los reos culpables de su vergüenza, que entre sonrisas delataban su falta. La fuerza se escapó de sus dedos, dejando caer la taza al suelo ante la mirada ineludible del devenir, en apenas dos segundos sus intenciones se habían posado sobre el segundo cajón del aparador, que incubaba la tarjeta del mejor abogado del país y un arma llena de odio.


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Cabe decir al respecto, que este relato a parte de no ser de mis favoritos, forma parte de un ejercicio que me mandaron en el taller de literatura en el que estoy apuntada.
Me sentí un poco a lo Jane Austen de lo macabro escribiendo este cuento,
pero últimamente tengo tan poco tiempo
ue no puedo dedicarme a escribir nada específico para el blog,
os pido disculpas por ello.

domingo 20 de septiembre de 2009

Fragmentos II


El frío se colaba airoso por la rendija mal cerrada de la ventana,
aquel repentino aliento de invierno se había cernido sin previo aviso sobre la ciudad,
dejando a más de uno con un extraño sabor a inquietud.
Las gotas de la lluvia inminente golpeaban con furia en el aparato de aire acondicionado del vecino,
creando una melodía casi perfecta de pensamientos y susurros.

Una figura distorsionada entre las sombras pegó la nariz al cristal,
el vaho empañaba divertido aquel lienzo transparente,
creando un halo ridículo de vida, una témpera de oxígeno muerto
perfecta para dibujar con el dedo,
que al tacto, se estremecía por la sensación de gelidez
mientras un escalofrío azotaba aquel cuerpo agotado.

Un atisbo de recuerdos atravesó su materia gris,
entumecida por los años de aislamiento voluntario.
Apenas quedaba un reducto de sus facultades sociales,
el habla había quedado relegada al olvido, el trato humano era pura ceniza.
Sin embargo había algo en todo aquello que se le hacía agradable,
obviamente no era su agorafobia, era un tacto fingido a algodón y a terciopelo,
la certeza de que ya nada le afectaba,
de que todo quedaba entre esas cuatro paredes y su persona:
la humanidad ya no podía herirle el alma.

Lleno de orgullo alzó la vista y borró el vaho con la manga del jersey,
la victoria tenía un leve olor a almizcle y caramelo.



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He vuelto, al fin.

miércoles 19 de agosto de 2009

Retazos X


La madrugada se tornaba inquieta,
aquel baile desquiciado con las sábanas evocaba una lucha imposible contra el tiempo que pasaba,
contra el minutero airoso que se ceñía al metal de una aguja pasmada por la falta de sustento
y que un alma en pena, en sus anhelos, quería retener.

¡Qué lastimoso cantar...!

Mientras aquella figura destartalada y triste parpadeaba bostezos,
el amanecer asomaba despiadado en el mentiroso horizonte,
susurraba promesas al viento sedentario,
promesas que no iba a cumplir.

viernes 31 de julio de 2009

Retazos IX


La lluvia caía estrepitosa sobre su rostro palpitante,
las heridas estaban abiertas y sangraban apabullantes...
El color carmesí gritaba escandaloso el amanecer de la desgracia,
estaba siempre tan presente que hasta se aprendía a ignorarla.

No lo vio venir, no porque tenía una confianza ciega en la humanidad,
era de esas personas que creían en un álito de bondad inexplicable.
No importaba cuantos delitos cometiese el hombre,
no importaba cuán crueles fuesen sus actos...
en lo más profundo de su alma,
siempre quedaría un pedacito de benevolencia.

Comprendió demasiado tarde que eso eran tan solo falacias,
mentiras piadosas que una misma se contaba para poder dormir por las noches.
Un sentimiento triste y doloroso le sobrevino...
No podía ser...
No, no, no...

Tenía las rodillas clavadas en el duro asfalto,
escamadas del roce desventurado que le provocaba el arrastre...
Los charcos de agua que había bajo ellas se teñían de un leve albor rubicundo,
del suspiro desesperado de quien no puede volverse a levantar.

Alzó triste la mirada, las gotas de lluvia caían despiadadas...
limpiaban violentas la suciedad que le cubría y se juntaban con las lágrimas que,
de vez en cuando, enjugaba resignada.

No, no, no...
No podía ser...


Un golpe seco rompió la tranquilidad de la madrugada,
su cuerpo inerte y delicado cayó con fuerza al suelo
golpeando su cabecita idefensa contra lo inevitable.
Sus cabellos, enredados, hondearon por última vez con el viento.
La muerte lamía obscena sus talones,
un temblor azotada sus dedos de porcelana...

No, no, no...
-Susurraba-


No podía ser.




martes 28 de julio de 2009

El espectáculo va a comenzar



Estimadas presencias,
tras varios días de silencio aprovecho para comunicar a vuestras almas inquietas
que toda ausencia tiene un por qué,
la apertura de un nuevo blog.
Me atrevería a decir que es mi cara más gamberra,
de ahí la ambientación que encontraréis en él.

Es pertinente avisar que no tendrá nada que ver con este espacio de experimentos literarios,
pues la seriedad, en cierta manera,
brillará por su ausencia
y daré rienda libre a la locura que caracteriza a mi perturbada mente.


Os invito pues a disfrutar del espectáculo...



¡¡Pasen y Vean!!


Aclaraciones hostiles

La imágen del banner y alguna otra son del artista Michael Hussar, os instigo a investigar sobre él, es sublime.

De la gran parte de las imágenes que estoy poniendo en el blog, desconozco su autor, si por casualidad éste apareciera por aquí y no está de acuerdo, rogaría pues que me lo hiciera saber y yo sin problemas las eliminaré o, gustosa, pondré una referencia.



Como último apunte, rogaría que vuestras quejas, sugerencias, dudas,etc. se mandaran al e-mail, gracias.