
El sol era intenso aquella tarde de verano, tanto que profería un picor insoportable. Ana se mecía errática en su mecedora a la sombra de un porche, observando el horizonte. Entre los chirridos de la madera vieja se adivinaban los tropezones ebrios de su hijo, como cada día el hedor del alcohol bailaba por las esquinas.
Ana estaba triste. Sentía que la soledad la invadía y no lo podía evitar. Los rayos de sol se dormían entre su cabello azabache y crespo, pese a la luz, ya no brillaba como antes. La piel de los párpados caía como una cortina sobre sus ojos almendrados, la vejez la estaba devorando. Alzó la vista al techo y suspiró, ya nada le calmaba el tedio, nada le consolaba ese desasosiego hambriento que le carcomía el alma. Un balbuceo arrastrado se oía a lo lejos, la voz cascada de su hijo clamaba por algo que no llegaba a entender, era el teléfono. A paso rápido se dirigió al salón, al menos el tiempo no habían mermado esa cualidad inusitada para sus años.
Al otro lado del aparato una mujer le saludaba cariñosamente. Su hija, a la que tanto añoraba y por la que tanto rezaba cada noche. Lo cierto era que esperaba ansiosa poder pasar unos cuantos meses fuera de su país rodeada de sus nietos, pues serían ellos quienes le arrancasen aquel duro pesar de sus entrañas. Pero aun no tenía respuesta. Al colgar, un doloroso vacío invadió su estómago, las lágrimas brotaban tímidas y acariciaban su tez morena.
Ana se sentó de nuevo en su mecedora, con la amarga sensación de que su fe se marchitaba y la muerte le soplaba en la nuca.








