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domingo, 27 de diciembre de 2009

Retazos IX


La soledad arropaba su cuerpo vestido de arañazos
en una madrugada llena de recuerdos.
Tenía hojas enredadas entre sus rizos sucios
y una cruel sensación de desamparo soplaba dulce en su cuello.

Quizá si fuera de otra manera la cosa iría mejor,
quizá si la vida le hubiese tratado mejor sería de otra manera.
Quizá.

No podía evitar mecer el arrepentimiento entre sus crudos pensamientos,
acabar anclando la inercia de sus tobillos no era la forma en la que había planeado vivir.
Esclava de sus actos, esclava de la vida.

Cada suspiro que profanaban sus labios olía a infidelidad,
a sus mediocres principios, a ella misma, a otros, con otros...
Pero no le importaba o eso quería creer.

Su cigarro desprendía una nebulosa gris en forma de espiral,
tan hipnotizante como molesta.
Se diluía tímida en la habitación,
como su vida entre las cuatro paredes de su mundo.






martes, 7 de julio de 2009

Retazos VIII



La rabia arrancaba desde lo más hondo de sus entrañas...
pujaba por salir entre alaridos y desgarros


mientras las lágrimas amargas brotaban a borbotones por sus lindos ojos ambarinos.

"Una vez lo tuve todo" se decía entre balbuceos tristes,
"Y no volverá"
El llanto clamaba un fin deleznable para ella,
entre hipidos y ahogos intentaba alcanzar algo que se había esfumado desde hacía mucho tiempo.
Besaba el suelo con su pálida piel, en una incómoda posición fetal
que bien podría recordar a una criatura del Diablo sumergida en formol.
El camisón estaba tan desgastado que se podían adivinar sin esfuerzos
unos pechos voluptuosos y unas curvas dulces y delicadas.

Lo tuvo todo sí, pero como el humo gris de una colilla mal apagada se diluyó
entre las esquinas, empujado por el viento, conviriténdose en la anodina nada que tanto le asustaba.

El perturbador silencio de pronto acompañó la estancia,
la respiración contundente y exajerada que resquebrajaba el alma ya no sonaba.
Miraba perturbada al infinito, como si el último matiz de su cordura
hubiese abandonado su ecléctico cuerpo de ondina.
Con la decisión de un autómata asió con fuerza un cuchillo viejo,
con el mango de madera desgastada por el tiempo,
cerró sus ojos de savia y dibujó a tientas lo que condenaría su espíritu.


Pasaron las horas lentas, tortuosas...y los minutos fueron testigos de aquel
charco carmesí que se formaba en torno a ella.
Sus ojos tristes dejaban escapar unas tímidas lágrimas,
quizá de perdón, quizá de arrepentimiento...
que se mezclaban ávidas con su rubicunda inmundicia.


Un gemido apagado y la sorda nada.