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miércoles, 17 de marzo de 2010

Tras los pasos del silencio


La primavera llegaba a paso lento, el paisaje comenzaba a despertar poblando el camino de flores taciturnas y de algún que otro insecto aturdido, que volaba de un lado a otro hasta caer fulminado de puro agotamiento. Ese zumbido constante se colaba por la rendija de la ventana, ahogando el silencio de una estancia que nunca pareció tan muerta como aquel día.

Una vieja cortina de cuadros azules aleteaba levemente por las pequeñas ráfagas de aire fresco que aliviaban el olor a cerrado. En la encimera de la cocina se adivinaban unas olvidadas huellas de la harina de un pastel que no se llegó a terminar; si cerrabas los ojos y contenías el aliento, aun podías apreciar el aroma de las manzanas, despedazándose bajo el peso del cuchillo y dejando su sangre invisible en ambos lados de la hoja, mientras el calor del horno se extendía por cada rincón. En la pila, casi al borde del óxido, un montón de cubiertos sucios revestidos de moho y dejadez.

El salón asomaba tímido a la derecha del marco de la puerta, cuya pintura blanca había empezado a descascarillarse. Todo era caos. Una mesa de madera oscura albergaba demasiados libros en su superficie, sus páginas amarillas pedían a gritos ser leídas pero la soledad que reinaba, ciega como era, convertía sus palabras en un doloroso vacío. La butaca gruñía a lo lejos, empujada, quién sabe, si por el viento primaveral o algo más. Un eterno clonk interrumpía su recorrido, la razón debía ser aquel horrible par de zapatos, calzados aún en unos pies demasiado grandes para ellos. Su dueño, un cuerpo inerte extendido en el suelo, se fundía destrozado con un charco seco de sangre y recuerdos, demasiado demacrado como para apreciar la melancolía de sus ojos.

miércoles, 1 de julio de 2009

Retazos VII



Era una mañana de otoño más fría de lo normal, el manto crujiente de hojas
se extendía como una pandemia y el sol había dejado de atosigar a la cansada humanidad.

Había quien tuvo que echar mano obligada a una manta en medio de la madrugada,
atrás quedaron aquellas noches agobiantes envueltas en sudor.
Sin embargo, había algo en todo aquello que se le antojaba inquietante,
olía a muerte por los rincones.

Un tímido vientecillo se colaba por los marcos derruidos de las ventanas,
mientras el penetrante olor del café inundaba ya los pasillos del edificio,
los despertadores chillaban incontrolados,
el dulzón aroma de la mermelada en una tostada con mantequilla lamía cada recodo de la escalera.
A menudo, en esos momentos de fingida paz, cerraba los ojos con fuerza
y aspiraba, reteniendo la bocanada de aire en sus pulmones
carcomidos por la nicotina, saboreando el desayuno de lo predecible.
Pronto las puertas comenzarían a abrirse practicamente a la vez,
los gritos de los niños retumbarían por los pasillos,
las caras cansadas de los padres se reflejarían en el impoluto mármol del suelo...
Los deseos suicidas se elevarían incontrolables.


Resonó el ruido seco de la cerradura,
cediendo ante la obscena llave que urgaba en sus entrañas,
un olor a rancio salió despedido hacia su rostro,
provocando una mueca de desagrado y reproche,
tintando sus ojos castaños de una irremediable preocupación filial.
La voz tan honda y masculina que siempre le había caracterizado rompió el silencio,
cruel se disipó a todas direcciones, pero nunca hubo respuesta.
Dirijió sus pasos disfrazados hacia el cuarto de su madre,
le había dicho treinta veces que ventilara aquel cuchitril.

Con cierto sigilo inusitado susurraba a la oscuridad de la habitación,
empujó la puerta con cuidado y ocurrió.
Una parálisis total de los sentidos, un doloroso cosquilleo de pies a cabeza,
incluso le entumeció los dedos de las manos, las piernas cedieron...
Hincó las rodillas en aquella moqueta vieja y apestosa que tanto había rogado
a su madre que tirara, sus ojos se hacían más y más grandes...
rebasando sus posibilidades.
Y surgió...

El llanto, el llanto desesperado, la incomprensión escapaba entre sus dedos,
un enrevesado nudo amenazaba con ahogarle pronto...
Sentía como si mil flores venenosas se expandieran en su estómago...
arrasando con todo lo que pudiera haber dentro.
Reaccionó, tras dos minutos de shock lo hizo, y se abalanzó agónico hacia el cuerpo inerte
de quien le dio la vida hacía 27 años.

Estaba fría, demasiado, pálida como una muñeca de porcelana,
sumando los trazos de sus rasgos arrugados
apareció una expresión entre la paz y la pena,
como si de pronto, hubiese tenido una reveladora visión
que le había costado exalar triste su último aliento.

El gimoteo de un niño en el cuerpo de un hombre reinaba la habitación,
pronto encontraría el coraje para llamar a la ambulancia.






A lo lejos se oían los lamentos naranjas,
sentía que se le iba a desgarrar el alma...
su esperanza quebrada, su amor marchito...
sentía que, poco a poco, algo se perdía dentro de él.






Las sirenas, las camillas, el ajetreo y de nuevo...

el condenado silencio.


domingo, 21 de junio de 2009

Retazos IV



El calor era abrumador aquella madrugada. Casi podía asir los rayos rezagados del sol,
parecían haberse quedado escondidos entre las esquinas de la destartalada habitación.
Las gotas de sudor salado copaban sus delicadas clavículas,
tan blancas como un invierno desconsolado,
casi podía verse la luna reflejada en ellas.

Su mirada era un extraño aliño entre el desconsuelo y la esperanza,
quien la conocía sabía que de lo último apenas quedaba un suspiro,
pero era bonito creer que los malos sentimientos podían
desdibujarse con la ingenuidad del desconocido.

Hacía ya muchas noches que no lloraba ante su reflejo,
las lágrimas habían tocado a su fin, quizá las precediera la sangre...
quizá aun le quedasen fuerzas para derramar su amargo óbito,
escurriendo leve y áspero
por sus destrozados lagrimales rubicundos.



De pronto, el chasquido indiscutible de un espejo al caer,
la mirada asustada de una mujer al borde de la locura
y la guadaña de lo inevitable.




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Imagen: Furiae

miércoles, 10 de junio de 2009

Retazos I


Se encontraba allí postrado, en medio de esa carretera solitaria...con los ojos llenos de lágrimas y el miedo atando sus zapatos.

Sólo...con la oscuridad de una noche acelerada y las nubes cubriendo la lunática luz de la madrugada. Ni siquiera se adivinaba el ruido estridente de un motor averiado acercándose...tan solo un par de pensamientos tristes y el gemido sordo de un alma a punto de morir.


Quizá en otro tiempo habría sido feliz, habría podido disfrutar del olor embriagador del café una mañana cualquiera...preparándose para vivir, paladeando tímido los dulces albores de la ilusión.
Quizá en otro tiempo, sí...
Pero hoy le tocaba morir...o eso le susurraba el viento.