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domingo, 1 de agosto de 2010

Roth


Hacía muchos años que, por una desilusión con el amor, Roth había dejado de pretenderlo. Lo había arrinconado en un viejo cajón, enredado entre hilos y polvo de hada. No atinaba a decidir si fue a causa del odio que comenzó a brotar en su interior o por el pánico descontrolado que azotaba todo su cuerpo cuando recordaba aquellos días. En realidad todo eso no importaba, el caso era que, en su afán por olvidar, una calurosa madrugada de hacía diez años había ahogado entre silencios su capacidad de amar. Todo su mundo se tambaleaba por aquel entonces, desvalido como estaba no podía desear nada más. Y ocurrió, se marchitó por dentro.
Ahora, apenas rozaba la treintena pero las canas ya asomaban curiosas por sus sienes. “Los disgustos” se decía, o eso quería creer. Sin embargo, bien sabía que ya no era el mismo, a menudo le decían que su empatía y su bondad habían quedado reducidas a cenizas y su sustituta, una perturbadora frialdad, había regido desde entonces el orden y mandato de su vida. Pero todas esas opiniones vertidas en él le importaban más bien poco pues si disfrutaba de algo en el presente que vivía, era del sabor rancio que le proporcionaba su misantropía. De esta manera, Roth no podía sentirse más seguro, había renovado fuerzas y el único amor que profesaba era hacia sí mismo, irradiando el peligro de un narcisismo incontrolable. Pero todo cambió una mañana, aun pensando que su bienestar duraría por siempre, comenzó a alterarse con las ráfagas de un viento inevitable. Una figura comenzó a trazarse a lo lejos del pasillo, majestuosa, delicada y con sus rizos de obsidiana cayendo sobre los hombros. A hurtadillas robó con su mirada el nombre que tenía impreso en la tarjeta de identificación de la empresa.
Aquella noche, como en las venideras, siempre soñaría con ella. Siempre soñaría con Rosalie.

sábado, 6 de marzo de 2010

Rosalie


Los rizos de Rosalie eran negros como una obsidiana, serpientes enroscadas que te convertían en piedra cuando ella osaba mirar. Siempre enfundada en un traje confeccionado con el misterio, dejaba huellas llenas de silencio al pasar. La gente rehuía de su compañía incómoda, del aroma letal que desprendía su perfume francés imposible de identificar.
En realidad, era una mujer majestuosa, delicada. Poseía una fina voz, arrullo de las almas más inquietas, y sin embargo, había algo en ella que invitaba a un temor inconsciente. No sabría definir qué sacudía de aquella manera mi interior con su presencia, pero sí sé que era un atisbo de malevolencia lo que brillaba en sus ojos felinos.

Rosalie pensaba a menudo en su más tierna infancia, no le traía buenos recuerdos pero dibujaba una media sonrisa en la comisura de sus labios cansados. Casi podía escuchar con total claridad los gritos de aquel niño insolente con el que compartía sus juguetes. Se visualizaba de nuevo, con un matojo de cabellos rubio ceniza en sus pequeñas manos, riéndose mientras un llanto asustado se alejaba a toda prisa. Aún recordaba ese sabor metálico en su paladar, fruto del fiero mordisco que le propinó a su compañero de juegos, el olor rancio del miedo y un remolino de excitación en el estómago. Desde entonces no volvieron a verse, pero con los años supo que le había dejado una buena cicatriz.
A partir de ese momento, su plato favorito sería la carne, siempre carne. Entrecot, secreto, entraña... no importaba qué, importaba cómo; en su punto. Había días en los que, arropada por la intimidad del hogar, desgarraba a mordiscos un filete crudo, tiñendo su sonrisa de un carmesí perturbador. Era su pequeño secreto, a Rosalie, por encima de cualquier cosa, le gustaba la carne fresca.